Hasta la última gota

 

A tener en cuenta: Hace años quería entrevistar a un personaje. Hoy lo hice.

El cruce de las Avenidas Bolognesi con Juan Cuglievan gran parte del año pasa desapercibido. Sin embargo, cuando llega el verano es imposible no ver vasos repletos de hielo y jarabe. “Pa la calor, Señor”. Así es. Con ustedes su majestad Miguelito, experto en el arte de refrigeración y un poco de empuje. O como criollamente se conoce a la raspadilla.

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A penas se levanta Miguel Rodríguez Chiroque, 30 años, ve a su hija. Desayuna con su esposa y parte a comprar hielo. Cuando tiene todo listo, empuja su carrito raspadillero hasta la esquina conocida. Jamás se perderá, pues este oficio lo ejerce desde los quince años. No necesita carta de presentación. Ni un local bien pintado. Para él, lo que importa es saciar la sed y el calor que los clientes sienten.

Cada día vende, aproximadamente, ciento cincuenta vasos. Imagínese una pelea con Miguel. De un derechazo le rompe la cabeza a cualquiera. “Ingeniero, dos de tamarindo con fresa”, ordena un apurado motociclista. Yo me pido una de imperial (mezcla de tres sabores: vainilla, fresa y leche Nestlé) con lúcuma y me siento en su banca. Veo a la gente llegar y la entrevista cada vez se hace interminable. La gente empieza a pelear por el orden y no hay cuando pare. Raspa, raspa y no se cansa. Voltea el hielo, limpia su carro, destapa las botellas y pregunta por los sabores: “¿Haber de qué va a querer señora?”.

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Su mirada denota cansancio, monotonía. Todo el día se pasa cepillando hielo. A las dos de la tarde, hora en que la clientela baja un poco, se sienta, abre un taper y toma una sopa tan fría como el hielo. Se moja las manos y continúa. Jamás para hasta que llegan las seis de la tarde o el hielo, derretido por el sol, lo fuerza a marcharse.

“Mi abuela empezó con todo este negocio. Cuando mi madre era joven aprendió y ella me pasó la receta de los jarabes. Mi madre lleva cuarenta y ocho años en esto. Yo quiero que mi hijo siga. Ya es como una tradición. Ahorita me ayuda un sobrino”, me cuenta Miguel con entusiasmo. El serenazgo pasa y no dice nada. Hace unos años lo levantaron y llevaron su carrito al depósito. Ahora tienen un familiar en la municipalidad. Todo está arreglado.

 

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3 Responses to “Hasta la última gota”

  1. katia Says:

    me gusto…

  2. gaby Says:

    nada como las raspadillas de mi casa, esas q de una te llevaron al baño ijijiji.
    gaby

  3. Marzio Says:

    muy conocido el ingeniero y tuve la oportunidad de probar sus raspadillas varias veces cuando el sofocante calor de chiclayo estaba por deshidratarme y la verdad que son muy buenas … buenisimas

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