“Me permiten hacer un escándalo”
Alberto Robles Rivera es el mejor imitador peruano del cantante español Raphael. A la edad de quince años, mientras era seminarista, vio una película y tocó madera. Dejó los hábitos, chapó los micrófonos y entonó “Digan lo que digan”, convirtiendo su vida en un escándalo, del cuál no se arrepiente de nada. Su edad es un secreto de confesión del que no se puede enterar la prensa.
Al verlo caminar por la calle uno se sorprende por su manera de vestir. Casi siempre va vestido de negro. No puede avanzar diez pasos sin que un transeúnte le grite ¡Hola Raphael! Y es que su parecido es tal, que uno al verlo se confunde y siente que está frente al ídolo español que tanto admira.
Sin embargo, la vida a este singular personaje no siempre le ha sonreído. Desde muy niño tuvo que trabajar duro para poder cumplir sus sueños. Sus padres no lo criaron. Sus abuelos maternos lo adoptaron. A los quince años recibió un duro golpe. Su abuela falleció y se quedó sólo en la vida. Abandonó los estudios de seminarista para ponerse el disfraz de barredor, cajero, mozo e incluso el de mecánico. Un día se aburrió de los carros y se envolvió en una capa. Cuando salió era otra persona.

Alberto es otro dieciséis horas al día. Se levanta, desayuna, viste, camina, saluda, sesea y actúa como Raphael. Sólo al cobrar y al dormir regresa a su realidad. Se quita la camisa negra y vuelve a ser Alberto Robles Rivera, un limeño mazamorrero.
Es tanta su admiración hacia el cantante que ha visto sus películas, ha escuchado todos sus discos, e incluso se sabe cuatrocientas canciones. Pero, de todas prefiere dos: “Mi gran noche”, con la que inicia sus conciertos, y “Desmejorado”, que narra el trance que vivió el artista al estar al borde de la muerte por un cáncer al hígado.
Cuando le preguntan ¿Desde cuándo empezó tu admiración hacia el cantante español? Sonriente, responde como Raphael: “Desde que estaba niño porque joven recién estoy. Yo nací con 30, tengo 30 y moriré con 30”.
La primera vez que vio al cantante fue en su colegio Salesiano en Lima. Lo llevaron a ver la película ‘Cuando tú no estás’ y se quedó enamorado. Con sus propias palabras: “Fue un latigazo. Un impacto porque nunca había visto yo a un cantante, que aparte de cantar con su gran voz, actuara”. Y es aquí, precisamente cuando habla de él que empieza a enunciar cada vez más rápido y se le escapa el acento español. Y es que para imitar, nadie como Alberto.
Conforme pasaba el tiempo, crecía en él un amor por el artista. Hasta que en su colegio hubo una actuación y no lo pensó dos veces. Salió transformado y fue el hazmerreir de sus compañeros. Sin embargo, no se amilanó con las burlas y, poco a poco, con la ayuda de videos y recortes periodísticos perfeccionó sus gestos. Hasta que llegó el día de presentarse al Perú. Participó en el programa Trampolín a la fama. Orgulloso cuenta: “Ferrando me descubrió el 11 de junio de 1972. A la edad más joven que ahora, comenzó mi historia al trabajar en la feria Ferrando y recorrer el Perú. Hasta que llegué a Piura y aquí me quedé”.

Si uno lo ve en la calle y le grita Alberto jamás voltea. Sólo si escucha Raphael gira la cabeza y va más torero que nunca, siempre de negro. Y es que se ha tomado tan en serio su personaje que ya lleva más de treinta y cinco años imitándolo.
Al ser el imitador de Raphael, una de sus más grandes ilusiones era conocerlo en vivo. Por eso, cuando se anunció en el año 1998 que venía a Lima para un concierto, Alberto Robles hizo lo imposible para estar allí. Gracias a donaciones llegó incluso hasta el hotel del artista, quién apenas lo vio le dijo: “Pues hombre no me digas nada que yo sé todo lo tuyo”. El cantante ya estaba enterado de todo por la prensa. Recuerda con nostalgia el abrazo y durante la conversación Alberto le contó que venía recorriendo el Perú por rincones donde el verdadero Raphael jamás iba a llegar.
Alberto como imitador piensa que haber trabajado por su país ha sido bastante. Uno siempre aspira a más como un reconocimiento. Y el hecho de que todo el Perú sepa que existe un Raphael peruano lo hace feliz.
No le gusta que imiten en la televisión a su ídolo porque lo hacen de manera ridícula para sacarle partido. Según cuenta no ha tenido que forzar gestos, mímicas para que la gente sonría. “Yo no soy un simple imitador. Yo pensé que era un trabajo de fin de semana hasta que comprendí que era mi vida”. Por eso se cubre con una capa roja y grita: ¡Señores! ¡Me permiten hacer un escándalo en su casa!
Raphael peruano sigue enamorado de la vida. Se casará cuando sea mayor de edad. Y mayor de edad para él será al cumplir ciento veinte años. O sea, nunca. A sus amigos les dice que quiere tener doce hijos. Se ríe. Amenaza con entretener y alegrar al país por mucho tiempo más, pues el artista es la alegría de un pueblo. Con su imitación crea en la gente la ilusión de tener al frente a Raphael. Como Alberto Robles dice: “Soy un estímulo y un ente motivador para que la gente viva mejor”. La receta, por supuesto, la vende él mismo.